¿Donde empiezan los miedos de nuestros hijos?

By 18 de noviembre de 2015Camins, Miedos, Padres, Pautas, Poblenou, Psicología
¿Donde empiezan los miedos de nuestros hijos?

A veces, nuestros hijos tienen miedos que nosotros mismos, no somos capaces de identificar su origen. Pensamos que como nosotros no hemos hablado nunca de miedo a los fantasmas o a subir a las atracciones, este miedo les “debe venir de fábrica”. Cuando hablamos de miedos, no sólo hablamos de los miedos o fobias a objetos, acciones o animales diferentes, sino al hecho de que nuestros hijos tengan miedo a hacer diferentes actividades sin ayuda o sin ir acompañados de sus padres o de una figura adulta (pedir algo en la cafetería, comprar golosinas en el quiosco, ir al baño solos, entre otros). De hecho, la forma de ser de nuestros hijos es producto de la mezcla de diferentes variables biológicas (más hereditarias), variables ambientales y ciertas circunstancias sociales y culturales. Pues bien, dentro de las variables llamadas ambientales, las creencias y actitudes de la familia tienen mucho que ver con lo que los padres tenemos una mayor responsabilidad en sus creencias e ideales futuros de lo que pensamos.
Vemos a continuación un ejemplo muy clarificador que los psicólogos y otros profesionales relacionados con la educación de la infancia utilizamos a menudo en nuestras consultas.

Cuando un niño es pequeño, dos o tres añitos, y cae en el suelo del parque y llora, hay dos reacciones posibles o utilizadas por las figuras cuidadoras: 1) Levantarse rápido del banco del parque y ir corriendo hacia el niño asustados y levantarlo del suelo muy deprisa mientras el niño llora desconsoladamente o 2) Levantarse del banco del parque de forma pausada, sin espanto (igual sonriendo y todo), ayudarle a levantarse del suelo y mientras llora decir- le “Va, ya está, que no ha pasado nada”, y enviarlo a jugar tal y como estaba haciendo antes de caer.
Con la primera de las dos opciones planteadas, la que más adelante veremos que es extrapolable a diversas situaciones y conflictos que sufre nuestro hijo a lo largo de su vida, le estamos transmitiendo al niño que es normal que llore y se asuste porque ha caído y se ha hecho mucho daño. ¿Por qué? Porque nuestra cara refleja miedo a que al niño le pase algo grave por haber caído o que ha sido un error estar jugando de la manera que lo hacía. Qué consecuencias tiene esta manera de reaccionar? Pues que el niño tenga la creencia de que caer es algo malo y que podría tomar mucho daño, dado que él no sabe si para caer algo puede terminar en el hospital o no. Por tanto, como consecuencia principal tendremos un niño que quizás después de esta primera caída, la próxima vez ya no volverá a subir a aquel columpio o tobogán donde se subió y cayó.

Esta situación puede hacer que vaya cogiendo miedo o que anticipe sucesos negativos en otras situaciones con características similares o que despierten la misma reacción a las figuras adultas.
Por otra parte, con la segunda opción, lo que estamos demostrando al niño es que tras caer lo que tenemos que hacer es levantarnos y que caer es un “accidente” habitual en la vida cotidiana. Además, les enseñamos que la reacción emocional de miedo y / o tristeza normal después de caer y en otras primeras experiencias negativas de la vida, no es un estado emocional permanente sino que es transitorio, y que el cambio de estado de triste a alegre depende de lo que hacemos después de esta acción. En este caso, sólo hay que levantarse y seguir jugando y todo habrá pasado.
Hacia estas dos reacciones emocionales también debemos vigilar que nuestra verbalización corresponda con la seguridad que transmitimos a los hijos. Es decir, si les decimos que no pasa nada pero estamos nerviosos y preocupados, el niño lo sabrá y le transmitiremos la primera reacción a la caída planteada sumada a la desconfianza que generaremos fruto de la no correspondencia entre la acción verbal y la acción emocional.

Esto no quiere decir que no alertamos al niño cuando juega con cosas peligrosas (fuego, objetos punzantes) o se arriesga a hacerse daño de verdad (camina por la carretera, marcha a una parte de un bosque o montaña que no conocemos, etc. .). De hecho, si el niño en otras situaciones más de tipo cotidiano no nos ve asustados, en estas situaciones de riesgo se sorprenderá y seguramente verá que si su padre o madre se asusta será porque lo que está haciendo no es adecuado o puede tomar daño. En cambio, si el niño se acostumbra a que sus padres se asustan por cualquier cosa, en alguna conducta arriesgada y los padres se asustan quizás no notará la diferencia entre las dos situaciones (una más corriente y una realmente peligrosa) y sigue haciendo lo que no debería estar haciendo.
Como hemos dicho, esto es sólo un ejemplo de partida pero es extrapolable a otros miedos. A continuación, ofrecemos pautas para fomentar la autonomía y disminuir los miedos en la infancia:
Si tu hijo tiene miedo a algo concreto (oscuridad, dormir solo) debemos animarle a hacerlo. En un inicio, podemos ayudarles y estar con ellos cuando se enfrenten a sus miedos, pero el objetivo es ir retirando este apoyo de manera gradual.
Es normal que tu hijo llore o angustie porque tiene miedo. Cuando lloran lo que quieren conseguir es una reacción en nosotros y un beneficio: no tener que enfrentarse a ellos a su miedo o que al menos alguien les ayude.
Esto no quiere decir que el niño llore conscientemente para manipularnos, pero sí es un hábito que han aprendido porque han observado que tiene una respuesta por parte de los padres u otras figuras importante para ellos.

Si tu hijo tiene miedo o vergüenza a realizar alguna actividad extraescolar porque es tímido y tiene dificultades para relacionarse con niños y niñas que no conoce, tenemos que darles un empujón, sobre todo si es una actividad que les gustaría hacer. Debemos tener cuidado, ya que cuando los niños tienen mucho miedo o vergüenza, son capaces de decir que no quieren o no les gusta esa actividad. Nosotros debemos pensar que conocemos bien a nuestros hijos y sabemos que está poniendo una excusa para no enfrentarse a ellos. Después de pasar un par de días malos, el niño estará encantado de iniciar la actividad extraescolar.
En estos momentos en el que el niño o niña se enfrenta, lo pasa mal porque no tiene recursos suficientes ya que no se ha encontrado en esta situación con anterioridad. La manera de ganar estos recursos es enfrentarse a ellos y entrenarlos. Si se quedan en casa o los hacemos las cosas nosotros, no podrán aprender de estas situaciones.
Es instintivo sufrir cuando nuestro hijo sufre, pero debemos pensar que lo que está haciendo es ayudarlos a desarrollarse como personas. Si protege a sus hijos, se deberán encontrar con dificultades más tarde en su vida, donde estos miedos se habrán hecho más crónicas y serán más difíciles de superar debido a la acumulación de hábitos de evitación, condicionamientos formatos y creencias irracionales generadas relacionadas con cada una de sus miedos.

Por último, hay que recordar que las recomendaciones ofrecidas en la web son recursos de partida que le pueden ayudar a entender lo que les pasa y comenzar a adquirir recursos para ponerlos en práctica. Sin embargo, cada niño es diferente y tiene unas características diferentes tanto cuando a su personalidad como su problemática y necesitan pautas específicas y graduales para superar sus dificultades. Por ello, para más información sobre pautas para romper la dependencia o miedos de sus hijos, siempre consulte con la ayuda de un profesional de la Psicología.

ANDREA GARCÍA CABRERA

Psicóloga Núm col. 19844